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21 aprile

Mi hermano tiene la varicela

Con la mente ligeramente retorcida sobre sí misma y una sensacion de no entender muy bien qué está pasando, doy un paso y entro en el vagón, encerrado como de costumbre por la música que me separa definitivamente de lo que sucede al margen de mí. El tren ya ha comenzado su trayecto cuando percibo de soslayo un movimiento sospechoso a un par de metros del lugar donde me encuentro recostado en espera de alcanzar mi parada, la siguiente. Dicho movimiento se acompaña con un sonido que identifico inmediatamente con el de una palmada, dos, tres... Levanto la mirada cansada para intentar salir del mundo que me atrapa como cada mañana. Esto es lo que observo.
 
Un hombre sentado cerca de mí, de aspecto limpio y cuidado y con unas sutiles facciones de origen sudamericano, mira hacia delante. Viste una camisa elegante pero sin corbata. Me percato enseguida de que su mirada no busca nada, está huyendo de algo, perdida en alguna parte del asiento de enfrente. Sólo entonces veo un hombre a su lado, de pie. De una manera instantánea, relaciono el sonido que me había hecho despertar con esa figura destartalada. La figura de un muerto lo suficientemente alto y despeinado como para parecer peligroso. Las mangas de su camisa azul rebosan por fuera del jersey ennegrecido. Su mano derecha está chocando con la espalda del hombre sentado. Da miedo. Éste, ahora lo entiendo, no quiere mirar a su agresor. Lo que empiezan siendo desagradables palmadas en la espalda, terminan por convertirse en golpes y amenazas. El hombre sudamericano procura no moverse, el miedo está escrito en su perdida mirada. No distingo bien qué palabras articula el hombre del jersey, pero agarra la manga de su despeluchado jersey para ensañar al hombre sudamericano las marcas en las bases de los dedos y en las muñecas. ¿Heroína? Quizás, en ese momento no me importa. Un escalofrío me recorre la espalda. Comienzo a sentir una mezcla de miles de sensaciones totalmente imposibles de describir.
 
¿Qué debo hacer? Vamos, valiente, salva a ese pobre hombre de la agresión de ese proscrito. Pídele al agresor que se vaya, que deje en paz a ese pobre hombre que ni siquiera osa mirarle. No, empújale, golpea su cabeza. La confusión vuelve una vez más. ¿Quién me está dando más pena? ¿Por qué es tan injusto el mundo? Escucho algunas palabras sueltas.
 
 
 
      ........ te puedo partir la cabeza ...              
 
   .....................
 
 
 
...                     ........... sois la puta mierda .........        te rompo la cabeza... mira, mira, mira....
           ... sois unos hijos de puta
 
           ............  
 
 
 
Siento que deseo irme, volver al mundo del que había salido, encerrarme de nuevo en mi música, en mi sueño, en mi inocencia. Procuro no mirar lo que está sucediendo: no quiero sentirme responsable de nada de lo que pueda suceder. Sólo espero con angustia a que se pare el tren en la siguiente estación, y el trayecto se me hace interminable. Quiero que ese hombre con la mirada perdida que tan mal lo debe estar pasando, pueda levantarse del asiento observado por los que somos espectadores de la tragedia. Y pueda salir de ahí. No, no. Lo que pienso es que quiero salir yo, quiero irme de un lugar donde existe la violencia gratuita. Quiero volver a mi mundo, nuestro mundo, donde una muerte, un maltrato, una injusticia o una vejación suceden en el patio pero no en mi casa.
 
Vivo en un cuento de hadas. Mis preocupaciones son los príncipes atractivos y las princesas de escotados cuellos y rebosantes senos. O unos ojos bonitos. La gente se muere en el mundo: es triste recordarlo sólo cuando lo veo a mi lado. He huído de ese vagón: me siento espectador de un teatro de mierda; soy uno más.
28 marzo

Viaje en metro al Este

Como siempre, las escaleras mecánicas no funcionan. Rechista en voz baja, para poder refugiar lo inoportuno de su gesto con una mirada al suelo. Frunce ligeramente el ceño hasta alcanzar el andén y comprobar que sus prisas, una vez más, conducen a una nueva espera.

Ahora sí, levanta la mirada chorreando belleza del Este, esa belleza injusta que se apodera de un cuerpo que en realidad resulta más bien redondo. Perfecto, pese a todo.
Mira hacia un lado, quizás buscando las luces del primer vagón, que están a tiempo de justificar sus prisas y su descortesía para con las escaleras. Aparece entonces de su cuello blanco y liso una luz del Este, que tiene más de nieve que de sol. Y distrae del examen de su cuerpo. La porcelana de su cuello se expone a la luz de los fluorescentes del andén, brilla blanco.

El viaje al Este se acaba con la luz que amanece ahora del túnel. Hay que tomar el metro y volver a la ciudad.
25 marzo

Caminito de plata

-Mamá, tengo pis.
-Vamos fuera.
El muchachito se las arregla para sacar la colita por encima de los calzoncillos mientras se esfuerza por mirar hacia abajo, con la barbilla completamente pegada al cuerpo. Un riachuelo serpentea graciosamente por la acera.
-Caracol, no subas al rosal
ni a la maceta ni al arbusto.
Que salgas de casa.
Que se estire al sol.
Qué caminito de plata
va dejando el caracol
cuando sale de casa.
-Qué bonita poesía, hijo.
Agarrados de la mano, vuelven a entrar, cómplices de ese momento tan mágico.
 
-Mamá, no quiero que te mueras. ¿Tú te vas a morir?
-Pero falta mucho. Cuando me muera, ya serás tan mayor que no te importará que yo me muera. Todos nos morimos en algún momento.
-Pero no quiero que te mueras. Yo tampoco me quiero morir. Me gusta mucho la vida.
-No te preocupes, hijo. Queda mucho para eso. Cuando te vas haciendo mayor, vas teniendo cada vez menos ganas de vivir.
-Pues yo no me quiero morir. Me gusta mucho la vida.